Todos sabemos que los seres humanos tenemos una tendencia innata a acomodarnos en el espacio mental que nos otorgan los estereotipos. Por comodidad, nos servimos de ellos en demasiadas ocasiones para, sin esforzarnos en razonar un poco más allá de lo que, de puro estereotipado, parece evidente, ordenar nuestros pensamientos y construir nuestras opiniones. Así, la persona gordita es tomada a priori y de buenas a primeras por bonachona y los cojos son vistos como personas de agrio carácter y escasa sonrisa. El estereotipo que se ha construido sobre ellos es el que es y poco importa, frente a eso, que podamos encontrar a un obeso que linde mentalmente con la sociopatía o a una persona con movilidad reducida en las extremidades inferiores que sea de natural afable. Los estereotipos creados sobre esas personas están ahí y derribarlos no es, en modo alguno, tarea fácil.

Lo mismo sucede con lo que se ha dado en llamar “la primera vez”. ¿Cuántas veces no hemos oído o leído que la “primera vez” de alguien tuvo lugar en un burdel? ¿Cuántas veces no hemos oído a Fulano o a Mengano eso de que perdió la virginidad entre los brazos de una prostituta? La literatura, creadora insaciable de estereotipos (sobre todo cuando la literatura de la que se habla no es una literatura de altísimo nivel), nos ha dejado a lo largo de su historia innumerables ejemplos de una experiencia que, de tanto ser narrada con unas u otras palabras, se ha convertido en puro estereotipo. Dicha experiencia es aquélla en la que un joven, deseoso de quitarse de encima los pesados ropajes de la virginidad y ansioso por descubrir los soñados e imaginados placeres del sexo, recurre a los servicios de una prostituta.

Según se ha ido construyendo a lo largo de los años el estereotipo de esa primera vez, la experiencia comúnmente narrada de la pérdida de la virginidad entre los brazos o las piernas de una prostituta en un burdel no es narrada, en modo alguno, como una experiencia satisfactoria. Se habla comúnmente de nervios a flor de piel, de ambientes que, si no caen directamente en él, sí rozan lo miserable; de mujeres avejentadas bajo capas de maquillaje, de trato frío y, si hay suerte, conmiserativo, por parte de las profesionales del placer hacia sus jóvenes clientes… De todo ello se acostumbra a hablar cuando se habla de esa primera vez. De hecho, se ha hablado tanto de ese modo que, sin duda, se ha acabado creando una imagen estereotipada de lo que es la primera vez cuando esa primera vez no tiene lugar con la novia o pareja sino con una profesional. Y ese estereotipo que se ha acabado creando, debemos decirlo si queremos ser justos con la realidad, no siempre se corresponde con la realidad. O no tiene por qué corresponderse.

Las generalizaciones siempre son malas. Tienden a uniformar lo que no es uniforme. Y el mundo y la historia de la prostitución, sin duda, no lo son. Y tampoco lo son las relaciones que pueden llegar a establecerse entre una profesional del placer y sus clientes ni el trato que puedan recibir éstos de aquélla. El que existan prostitutas avejentadas y de vuelta de todo en burdeles de segunda no excluye que existan a su vez, compartiendo profesión, jóvenes escorts que, guapas y preparadas, implicadas y empáticas, irresistibles y entregadas, ejercen su oficio en fantásticas, discretas y, sobre todo, elegantes agencias de escorts o, quizás, en sus no menos discretos, fantásticos y elegantes apartamentos privados.

A la imagen estereotipada de esa primera vez le pesa demasiada iconografía de Barrio Chino, demasiada mugre de prostíbulo de barrio, demasiada fotografía de carrera en la media y cigarrillo colgando de una boca en la que brilla el dorado de una muela postiza. Por eso es necesario ir archivando esa iconografía en la estantería que corresponda. Por eso es necesario proclamar a los cuatro vientos que la primera vez con una profesional del placer no tiene por qué ser una experiencia fría y decepcionante. La erección no debe concebirse en esa primera vez (como muchas veces se concibe al desarrollar el estereotipo) casi como un milagro, sino como algo irremediable. ¿O acaso la erección no es la forma que tiene el hombre joven y sano de reaccionar ante la visión de una bella mujer que le ofrece la posibilidad de disfrutar de su compañía y de su cuerpo?

Para que esto sea así basta con elegir bien para disfrutar de una experiencia que no solo no resultará decepcionante para quien está a punto de estrenarse en las delicias del sexo, sino que será en todo momento, y desde el segundo uno de la misma, una fuente de placer extremo e inolvidable. Y elegir bien, en este caso, implica siempre recurrir a la figura de la escort, de la señorita de compañía, de la call-girl.

En sus manos, en sus labios, en su piel, en sus curvas, en su entrega, en su implicación, en su conocimiento sobre lo que es el hombre y sobre lo que éste desea, y en el ambiente único y personalizado que puede y sabe crear como profesional del placer que no solo presta un servicio sexual a su cliente sino que también le ofrece un servicio exclusivo de acompañamiento integral, radica el poder que tiene la escort para acabar de una vez por todas con el estereotipo durante tanto tiempo triunfante de lo que es y de lo que puede esperarse de una primera vez.

Nadie mejor que las acompañantes de lujo para acabar con la leyenda negra de la primera vez. Nadie como las call-girls para cambiar palabras como frialdad y decepción por términos como naturalidad, pasión, empatía y gozo. Junto a una escort que, por ejemplo, ofrezca un exclusivo servicio GFE, la primera vez no puede ser vivida nunca como una experiencia decepcionante. Una call-girl de lujo ofrecerá, al ofrecer ese servicio, el trato que podría ofrecer la novia soñada. En esa primera vez habrá dulzura en el trato, habrá simpatía, habrá naturalidad, habrá empatía y, por descontado, llegado el momento de la intimidad, habrá sexo apasionado.

¿Puede ser decepcionante una primera vez así? Lógicamente, el vivir una experiencia así tiene un precio, y ese precio tiene poco que ver con el que habría que pagar por vivir una experiencia que se ajustara al estereotipo que todos hemos heredado y que nos habla de esa primera vez, pero… ¿tiene precio una experiencia tan única como placentera? Y lo que es más importante: ¿tiene precio su imborrable recuerdo?

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